“ Cuando el cuerpo entra en alerta y la vida te pide volver a tí”

“ Cuando el cuerpo entra en alerta y la vida te pide volver a tí”

Hubo un momento en diciembre en el que sentía que mi corazón se me quería salir del pecho y no lograba respirar profundo.

No era una metáfora.

Era una sensación física, real, insistente.


Mi cuerpo estaba hablando.


Diciembre fue un mes fuerte para mí. Pasaron situaciones familiares que tocaron fibras muy profundas: la seguridad, el miedo, la posibilidad de perder a alguien que representa para mí protección, sostén y raíz; mi padre. Y cuando esa sensación de seguridad primaria se tambalea, el cuerpo lo siente antes de que la mente logre ponerle palabras.

Yo sabía muchas cosas.

He estudiado, he acompañado a otros, he elegido conscientemente un camino de psicología holística, de escucha corporal, de trabajo desde la raíz. Sin embargo, esta vez no se trataba de saber. Se trataba de reconocerme.


Mi sistema nervioso entró en modo alerta. Fight or flight.

Y cuando eso ocurre, el cuerpo no distingue si el peligro es real, simbólico o emocional. Solo intenta protegerte.


Empezaron los síntomas: tensión mandibular extrema, espasmos musculares, palpitaciones, desasosiego, cansancio profundo. Todo mi cuerpo estaba sosteniendo algo que todavía yo no había terminado de entender.


Y ahí vino una pausa necesaria.


Me retiré del ruido.

Me alejé de las redes.

Me quedé conmigo.


No fue una decisión estratégica. Fue una decisión de supervivencia consciente. Necesitaba estar presente en mi vida familiar, acompañar procesos delicados y, sobre todo, escuchar lo que mi cuerpo estaba diciendo sin distraerme.


En ese silencio empecé a comprender algo importante: lo que estaba viviendo no era solo estrés. Era una experiencia profunda de miedo a perder seguridad. Y esa seguridad, para mí, está ligada a figuras muy específicas en mi historia de vida. Cuando pude identificar esa raíz, algo empezó a acomodarse internamente.


No se trata de negar el miedo.

Se trata de entenderlo.


Ahí fue cuando mis síntomas comenzaron a tener sentido. No desaparecieron de inmediato, pero dejaron de ser un misterio. Y cuando el cuerpo se siente comprendido, deja de gritar.


Empecé entonces a trabajar de forma más consciente, no para “arreglarme”, sino para acompañarme. Volví a lo simple: a la presencia, a la pausa, al movimiento suave (caminatas contemplativas, estiramientos, auto-masajes), practiqué la respiración con movimiento gentil, psicoaromaterapia a mis rituales que me devuelven al cuerpo. No añadí nada nuevo. Usé lo que ya tenía. Reorganicé mis espacios. Volví a la tierra. A mi jardín. A mis ritmos.

Entendí algo que hoy quiero dejar por escrito:

no podemos pretender tener la mente en orden si vivimos desconectados del cuerpo. Nuestro cuerpo es la primera casa que habitamos. Y cuando esa casa está en caos, todo lo demás se siente inestable.


Este proceso no me enseñó algo nuevo.

Me reafirmó lo que ya sabía.


A veces no necesitamos más información. Necesitamos presencia. Necesitamos escucharnos sin juicio. Necesitamos dejar de forzarnos a estar bien y permitirnos atravesar lo que está ocurriendo con calma, sin pausa y con intención.


Hoy estoy volviendo.

No desde la prisa.

No desde la exigencia.

Desde la conciencia.


Comparto esto porque sé que muchas personas están viviendo procesos similares: cuidando, sosteniendo, funcionando mientras el cuerpo pide descanso y comprensión.

Si algo quiero que quede claro es esto:


El cuerpo no falla.

El cuerpo avisa.


Y escucharlo a tiempo puede cambiarlo todo.


Este espacio —este blog— será un lugar donde seguiré compartiendo reflexiones, procesos y aprendizajes desde la experiencia real, no desde la perfección. Porque sanar, regular y volver a uno mismo no es un acto heroico. Es un acto profundamente humano.


Gracias por estar aquí


-Samari



Este texto no sustituye acompañamiento médico o terapéutico. Es una reflexión personal basada en mi experiencia y mi camino de consciencia corporal.