Cómo el estrés se guarda en la fascia: cuando el cuerpo también recuerda

Cómo el estrés se guarda en la fascia: cuando el cuerpo también recuerda

Durante mucho tiempo, en mi formación académica, me enseñaron que el estrés se quedaba en la mente.

Que comprender, hablar, analizar y resignificar era suficiente para que el ser humano se sintiera mejor.


Y con esa idea salí de la academia.


Sin embargo, fue la práctica —la real, la cotidiana, la humana— la que poco a poco me mostró algo distinto. Empecé a notar que no importaba la etapa del desarrollo: niños, adolescentes o adultos… hablar ayudaba, sí, pero no siempre era suficiente.


Había algo más.


Fue ahí cuando comencé a integrar otras formas de acompañamiento: el movimiento, el juego terapéutico, los cuentos, las historias, el uso del cuerpo como vía de expresión y regulación. En aquel momento trabajaba principalmente con niños y adolescentes, y veía cómo el juego —que muchas veces incluía movimiento, imaginación y exploración corporal— abría espacios de alivio que las palabras no lograban por sí solas.


Aún sin estar certificada formalmente en terapia de juego centrada en el cliente, mi intuición clínica ya sabía algo importante: no era solo la mente.


Con los años, y especialmente a partir del 2018, comencé a profundizar en el estudio de la fascia. Luego, en el 2020, ese interés se intensificó. La fascia —ese tejido conectivo que envuelve músculos, órganos y estructuras— empezó a revelarse no solo como un componente físico, sino como un sistema profundamente sensible al estrés, a la tensión y a las experiencias no procesadas.


Hoy sabemos que la fascia responde al estado del sistema nervioso. Cuando vivimos en alerta constante, cuando el sistema simpático permanece activado por periodos prolongados, el cuerpo se vuelve rígido, contenido, tenso. No porque “quiera”, sino porque intenta protegernos.


Desde la psicología somática, se ha observado cómo ciertas experiencias estresantes o incluso traumáticas pueden quedar alojadas en el cuerpo cuando no se les da un espacio de descarga, integración o liberación. El cuerpo recuerda, incluso cuando la mente ya entendió.


Autores como Bessel van der Kolk han hablado ampliamente de cómo el trauma no solo vive en los pensamientos, sino en las sensaciones corporales, en los patrones de tensión, en la respiración. De igual forma, investigaciones en epigenética, como las de Elizabeth Blackburn, nos recuerdan que el estrés sostenido impacta incluso a nivel celular, afectando procesos profundos de nuestro organismo.


En mi experiencia personal —y también profesional— he confirmado algo una y otra vez: cuando el cuerpo no se mueve, no suelta.


En momentos recientes de alta activación de mi sistema nervioso, donde sentía el “botón de alerta” encendido, fue el cuerpo el que me mostró el camino de regreso. Los auto-masajes, los estiramientos suaves, el movimiento consciente, la respiración lenta… fueron devolviéndome poco a poco a mí.


No fue solo entender lo que me pasaba.

Fue empezar a escuchar lo que mi cuerpo llevaba tiempo diciendo.


Existen hoy prácticas como los fascia maneuvers, estiramientos específicos y movimientos suaves diseñados para liberar la tensión acumulada en la fascia. Estas prácticas, junto a enfoques como yoga terapéutica, reiki, terapia craneosacral, masaje consciente o incluso caminatas lentas y presentes, ofrecen al cuerpo la posibilidad de completar ciclos que quedaron abiertos.


Cuando no hacemos ese espacio —cuando no soltamos— el cuerpo permanece en un estado de contención constante. Y desde ahí, es fácil sentirse pesada, desconectada, inadecuada o agotada, incluso cuando “todo parece estar bien”.


Sanar no es solo hablar.

Sanar también es moverse.

Es respirar.

Es permitir que el cuerpo se sienta seguro nuevamente.


Ahí confirmé algo que hoy sigo sosteniendo en mi práctica: sanar no es solo entender, es habitar el cuerpo con presencia. Porque cuando el cuerpo se siente seguro, la respiración cambia, la tensión cede y algo en nosotras vuelve a su lugar.


Este blog es parte de una serie donde continuaré profundizando en el sistema nervioso, el cuerpo, el movimiento y las distintas formas de acompañarnos de manera más integral.


En el próximo artículo compartiré ejercicios prácticos y un "worksheet" diseñado para apoyar este proceso de regulación y conexión.


Seguimos.

Con el cuerpo.

Con conciencia.

Y con mucha compasión.